Patagonia ancestral: Con las manos en las piedras

Carlos Villalba| Muchos miles de años antes de que los Tehuelches fueran los señores de la Patagonia, otras mujeres, otros hombres, habitaron la meseta infinita que va de la cordillera al Atlántico. En el noroeste del actual territorio de la provincia argentina de Santa Cruz decidieron dejar las marcas eternas de su paso por cuevas y grutas. El autor, periodista y psicólogo, recorrió en febrero de 2016 la Cueva de las Manos y el Alero Charcamata. Estas son sus imágenes e impresiones.

1. Ni siquiera tienen nombre. Pero tuvieron manos, cueros abrigados, alimentos, huesos, techos, un río y paredones… grandes paredones y muchas ganas de contar su vida, sus partos, sus métodos de cazas, sus animales y hasta el esplendor de su luna llena. Son los cazadores recolectores que vivieron 10.000 años atrás en los aleros de piedra del cañadón del río que tomó el nombre de la actividad más importante de aquellos innominados, Pinturas.

2. Moverse en esos lugares es como caminar por la mitad de la nada. Los mojones a los que sujetarse son pocos, un guanaco por acá, una manada entera más lejos; yeguas salvajes al galope y ñandúes protegiendo a sus charitos. Mirar hacia arriba es chocar contra los cielos mejor pintados de la Tierra. Ahí, en ese mundo desierto, cada hilito de agua que cae de las nieves a los lagos y desde esos espejos sale a buscar el mar, allá, casi en el infinito, logran tajear la meseta y convocar vidas. De mujeres, hombres y niños. De guanacos.

 

3. El Río Pinturas nace en un macizo de 2.700 metros de la Cordillera de los Andes; 200 kilómetros después empieza a buscar al Deseado, a través de un cañadón que hoy sigue siendo de ensueño, cargado de plantas resinosas y de molles, útiles para dar color a las pinturas. Antes de tomar el nombre de las grutas coloreadas con esos pigmentos, en la lengua de los tehuelches, ya se llamaba Charkamak, Valle de Pinturas. A su vera están los aleros usados por sus habitantes para protegerse, entre ellos el Charcamata, menos famoso pero más impactante que la Cueva de las Manos.

4. Aquellos habitantes primigenios vivían de la caza y de la recolección de vegetales silvestres. Los cambios climáticos a lo largo del año y de los siglos y las variaciones ambientales que provocaron, definieron sus andares de centenares y centenares de kilómetros. También sus pinturas. Siempre estuvieron ahí, la más vieja desde hace casi 10.000 años; las más frescas desde hace 1.300. Un mundo completo en rojo, ocre, amarillo, blanco y negro. Con siluetas en negativo, como la mayoría de las manos, y en positivo como las tropillas de guanacos, el puma solitario o las abstracciones en espiral, punteadas o rayadas.

 

5. ¿Por qué las manos? ¿Para qué llenarse la boca de pinturas armadas a partir de pigmentos vegetales, de minerales molidos, fijados con grasa, y escupir a través del hueso hueco de algún animal y pulverizar el líquido espeso sobre el dorso de manos izquierdas? Será la presentación orgullosa de la herramienta física principal del hombre, la que le permitió dejar atrás al mono, las ganas de mostrar que ahí estaban…, seguramente. Otros llenan los dibujos de fantasías y prefieren referirlas a cuestiones trascendentes.

 

6. Las paredes de este museo de vida, piedra y colores, al aire libre y ventoso de la provincia de Santa Cruz tiene piezas conmovedoras, como las del momento exacto de un parto y la de la luna de llena iluminando la noche de los hombres y los guanacos.

 

7. Caminar al viento, al sol, ese era el destino; de a cien, con un jefe elegido por su capacidad para cazar, para elegir los mejores lugares para el acampe bajo pieles sostenidas por enramadas. Una vez al año, en la época de la abundancia, se juntaban en campamentos más grandes, cambiaban lo recogido en sus derivas, se estrechaban con otros… y pintaban.

 

8. Más que pasar el tiempo, relataron sus vidas, sus sucedidos y, entre ellos, hablaron de la caza del guanaco, fuente de comida, de abrigo y de techo. La bola perdida es la más conocida de las boleadoras tehuelches que habitaron estas mismas tierras muchos años después. Una bola atada a un lazo corto. En Charcamata y en Manos impactan las líneas, plenas o cortadas, que le dan movimiento a las figuras planas. El boleo de los animales es una de las escenas más destacadas; casi como mostrarle al mundo sus movimientos tácticos, los recorridos de su mundo.

 

9. El choike, ese ñandú tan útil como sagrado, sus pisadas de tres puntas y esa escena incomparable de una hembra con sus tres crías acompañando su carrera, también quedaron estampadas en la roca. Desde la planicie, dicen, imaginaban la bóveda infinita del cielo como un campo de cacería de ñandúes y a los extremos de los ejes, entre la planta de la pata y las puntas de los dedos, punteaban los límites cardinales de su mundo. El matuasto, una iguana que todavía recorre las zonas rocosas del lugar, no escapó al trabajo del artista que, además, imprimió el movimiento de la cola al soltarse del cuerpo cuando, seguro, algún incauto quiso atraparlo por ahí.

 

10. Es la hora. La ruta vuelve a llamar; de a kilómetro van quedando atrás los cazadores sin nombre, los recolectores pintores, las manos de familias enteras, un solo zurdo imprimió su derecha sobre la roca. Santa Cruz, las cuevas, se alejan cada vez más hacia el Sur. Allá, como alumbrando un regreso, cuatro guanacos parecen el fantasma de aquellos señores de la niebla que compartieron el mundo con los hombres y sus relatos.

 

 

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